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Religiones - febrero 8, 2019

LA MUERTE

SONETOS DE LA MUERTE

DE NICHO HELADO EN QUE LOS HOMBRES TE PUSIERON

TE BAJARÉ A LA TIERRA HUMILDE Y SOLEADA.

Y QUE DE DORMIR EN ELLA LOS HOMBRES NO SUPIERON,

Y QUE HERMOSOS DE SOÑAR SOBRE LA MISMA ALMOHADA.

TE ACOSTARÉ EN LA TIERRA SOLEADA CON UNA

DULZURA DE PADRE PARA LA HIJA DORMIDA,

LUEGO IRÉ ESPOLVOREANDO TIERRA Y POLVO DE ROSAS,

Y EN LA AZULADA Y LEVE POLVAREDA DE LUNA,

LOS DESPOJOS LIVIANOS IRÁN QUEDANDO PRESOS.

ME ALEJARÉ CANTANDO MIS VENGANZAS HERMOSAS,

PORQUE A ESE HONDOR RECÓNDITO LA MANO DE NINGUNO

BAJARÁ A DISPUTARME TU PUÑADO DE HUESOS!!

GABRIELA MISTRAL.

 

Mictlantecuhtli, Señor de la Región de los Muertos y miembro del panteón Nahua, es uno de los puntos de partida de la tradición Nahuatl, consistente en la dualidad Vida-Muerte, principio fundamental que inspiraba a cosmogonía y cosmovisión de aquel entonces. Las fiestas del mes de Tepeihuitl y del mes de Quecholli, en las que se honraba a los ahogados o en los que se quemaban flechas y teas en los sepulcros, fueron los antecesores de lo que incluso en Yucatán, México, bajo la influencia Maya y durante la época independiente se denominó como el Uahilcol, fiestas en las que los ascendientes se agasajaban en banquetes con difuntos descendientes.

Cuando alguien moría, tenía diversos destinos, de acuerdo a diversos aspectos que podían atender a su condición o bien a las circunstancias en las cuales había muerto. Así generalmente los muertos iban a Mictlan o lugar de los muertos, aquellos que morían ahogados iban al Tlalocan o lugar de Tlaloc. Aquellas que morían de parto, o aquellos que morían en batalla, tenían como destino La Casa del Sol y para los adúlteros era Tezcatlipoca quien los esperaba.

Siglos de tradición han situado dos fechas fundamentales a tan arraigadas costumbres, señalando el 1º. De Noviembre como el Día de Todos los Santos, o Día de los Angelitos, donde se recuerda a los niños finados y todos los que aún no lo son, no pierden tiempo al pedir su “calaverita”. Es en el transito del día uno al dos, cuando tiene lugar la fiesta de Los Fieles Difuntos, cuando es costumbre visitar los cementerios y honrar con comida y rezos a la memoria de aquellos fallecidos que tan solo esa noche regresan a la tierra, para compartir con los suyos el pan y la sal, y por qué no, alguna otra golosina. Que mirada tan evocador referirnos así a la muerte, sacándola como lo ha hecho el pensamiento de los mexicanos de ese contexto obscuro y lloroso de otras culturas, para tenerlo en el nivel de celebración por encontrarse, después de muertos, en un plano de mejor estadía que el de la vida misma.

Más allá del Tzompantli o Muro de las Calaveras del glorioso México-Tenochtitlan, el cual representaba importantes eventos bélicos, así como el sacrificio de jefes adversos al Imperio, encontramos en el México post colonial una suerte de calaveras que dista “tan solo un poco” de aquellos valetudinarios significados. Y es que hoy, en festivos versos llamados “calaveras” se encuentran los epitafios, que de manera graciosa e incluso pueril, nos hablan de los personajes vivos a quienes dichas composiciones están destinados con la intención de criticarlos, zaherirlos o simplemente reírse de ellos.

Claro que no podían dejar de recibir el nombre de “calaveras” aquellas creaciones de dulce, que tras haber disuelto el azúcar en agua y secado con posterioridad en moldes diseñados para tal propósito, son finalmente engalanadas con azúcar coloreada y papel plateado, llevando honrosamente en la frente el nombre del feliz comprador.

Por estas fechas en las que recuerda a los muertos en las tradiciones ancestrales en México y que algunas de ellas ha subsistido hasta nuestros días, podemos recordar, por ejemplo el Altar Otomí. Para la región del Estado Mexicano de Queretaro, prácticamente en el centro del país, existen dos altares más representativos, los cuales son elaborados por los Otomíes uno y otro por los Concheros. El primero es hecho básicamente en las comunidades de Tolimán, Amealco, Pueblito y Santa María, el cual tiene rasgos muy particulares. La música que acompaña a estos festejos tiene sus raíces en la oralidad y son los alabanceros quienes se han encargado de que esto perdure desde tiempos prehispánicos hasta nuestros días. Específicamente el Altar Otomí consiste en diferentes elementos característicos:

Tiene 7 escalones, forrados de tela negra, mismos que representan los 7 pecados capitales, para llegar a ellos, se coloca un caminito de arena, flanqueado por veladoras que alumbran dicho camino que transitara el difunto. Al pie del altar habrá un espejo para purificar el alma del muerto, mientras en un vaso con agua vendita calmará la sed del difunto por el largo recorrido que ha realizado. En el primer escalón se coloca el Santo de la devoción del fallecido, el segundo es para las almas del purgatorio. El tercero tiene sal para los niños que estuvieron en el Limbo. En el cuarto escalón habrá pan de muerto y vino elaborado por familiares del muerto y para consagración a él. En el 5° sus alimentos preferidos. En el 6° la fotografía del muerto y al finalizar el séptimo peldaño tendrá un rosario elaborado con limas y tejocotes con su respectiva cruz. Habrá una olla de barro con hierbas aromáticas puestas a hervir , como tomillo, mejorana, laurel entre otras, tapada con una penca de nopal y dejando orificios para dejar escapar el vapor e impregnar así el ambiente.

Habrá una mesa con cuatro sillas, tres de las cuales ocuparan parientes del difunto y el cuarto, por supuesto será ocupado el familiar fallecido.

Y por supuesto, un tema del que obligadamente tendremos que hacer un continuará…

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